viernes, 25 de marzo de 2016

Retratos: adolescencia

No debía ser C el primer personaje de mi serie. Al menos no cronológicamente hablando. Pero está aquí por derecho propio. Por el derecho que yo le otorgo.
Soy incapaz de ponerle fecha a nuestro primer encuentro, aunque debió ser Septiembre, o tal vez Octubre, del año  1985... ¡bufff! Tampoco puedo ponerle fecha a algunos recuerdos imborrables que guardo de nuestra adolescencia. Por ejemplo: un baile en un cumpleaños, unos ojos entornados en El Campo de Marte, un escondite en la oscuridad junto al Mar, el Sol intenso en la playa, una caseta en el campo, la casa de sus padres, el espigón en invierno, el campo de atletismo, el autobús del colegio... Pero tal vez los recuerdos más intensos son los de las emociones contenidas. Los de la rabia, los de la cola del cine a solas, los de las notas en clase, los de las cartas nocturnas, los de las fidelidades mal entendidas, los de los héroes ocultos...
Tardamos tres años y medio en ordenar nuestro cerebro. O mejor, debería decir, que dedicamos todos esos meses a desordenarlo repetidamente, hasta encontrar el equilibrio, el mal llamado equilibrio perfecto. Ese tiempo nos sirvió para aprender a avanzar al mismo paso, para sentirnos colegas, compañeros, amigos... Y nos dedicamos a construir juntos nuestro futuro. Fue la época más feliz de mi Vida. Por él y por otras razones. Después de alterarme más que nadie, de demostrarme que la gente sí puede enamorarse (aunque sea sólo una vez), de hacerme llorar y reír, de aprender juntos lo que está bien y lo que está mal, de enseñarme la fuerza de las olas y el ruido que provocan, de que el corazón por más que lata nunca se sale del pecho.... después de todo eso, se acabó.

Hasta que yo lo rompí. O simplemente lo dejé caer y lo ignoré. Extrañamente, a él le llegó el tiempo de la responsabilidad y a mi el de la locura. Y así, perdí el norte y con él al Amor de Mi Vida.

Años después hemos vuelto a encontrarnos.

Perdón, debo decir que años después lo busqué y lo encontré.

Y hemos vuelto a cruzar nuestros caminos varias veces. Nos hemos contado la vida y nos la hemos recordado. También nos hemos apadrinado y consolado. Incluso hemos llegado a transitar en paralelo durante varios meses. Y con esto aprendí que el Amor se acaba de Verdad. Que lo que la juventud y las hormonas cultiva, la edad lo desmerece. 

Y no sé cómo acaba esta historia, que seguramente no llegue a ningún final, aunque no tenga más capítulos...

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