martes, 6 de noviembre de 2012

Agotado y silencioso

El hombre grandote se desviaba de su ruta a menudo y miraba a todas partes. Se movía, como yo, entre los últimos puestos del pelotón. Variaba de ritmo cada pocos minutos y así nos adelantaba y luego volvía a rezagarse.Todo ello me hizo pensar que era uno de los responsables del grupo y se ocupaba de que nadie se perdiera. Me fijé por esos ires y venires cuando aún el cansancio no había nublado mi vista.

El hombre grandote tenía una altura considerable y era muy corpulento, pero relativamente ágil. Seguramente debido a su envergadura debía ser el más pesado del grupo. Llevaba gafas, el pelo bastante largo y ropa sencilla: una camiseta blanca con algún dibujo divertido y pantalones muy cortos. Pensé que su deporte debía ser el fútbol o el balonmano. La expresión de su cara era más bien de reserva  y tenía una piel clara que poco a poco fue transformándose a un color más y más encendido.

El hombre grandote rápidamente se delató a sí mismo. Cuando la distancia a los otros corredores nos hizo al fin, inevitablemente, perderlos de vista, me preguntó ¿tú sabes por donde hay que ir ahora? Así que su posición retrasada era tan involuntaria como la mía. De hecho, no sólo andaba cansado, sino despistado. No jadeaba estrepitosamente, pero si respiración era ya muy fuerte y sonora. Definitivamente estaba muy cansado. Convinimos una ruta que nos parecía recordar era la correcta y a partir de aquél momento corrimos a una distancia prudencialmente corta. Lo justo para oírnos se necesitábamos hablar, pero sin romper nuestro umbral de confianza. 

El hombre grandote se arrepintió en los primeros kilómetros de haber seleccionado aquella ruta. Las primeras cuestas se le hicieron interminables y su respiración se entrecortó para no recuperarse más hasta la línea de meta.  Su compañía, tristemente, me hacía sentir fuerte: yo voy mejor, me decía a mi misma. No lo estoy haciendo tan mal. Pero la realidad es difícil de juzgar. Él solicitaba clemencia con cierta asiduidad: "no te puedo seguir". Y yo aminoraba la marcha y daba gracias a Dios, porque no habría podido seguir ni un minuto más aquél ritmo. Durante unos instantes intentábamos acompasar nuestra velocidad. Concentrando nuestra atención en el tráfico y el movimiento de la ciudad, nos relajábamos y con el resuello recuperado intentábamos hablar. Poco a podo la velocidad se recuperaba: uno por el otro, nadie quería quedarse  rezagado. Y al fín volvíamos a un ritmo acelerado.

El hombre grandote mantuvo la dignidad hasta el final. Sudoroso, desgastado y estresado mantuvo la sonrisa forzada y la simpatía. Las palabras casi no salían de sus labios pero sentía su compañía, hasta que me abandonó. Compartimos el esfuerzo, pero no la llegada. Se escapó. Me dejó sola. Esprintó y me abandonó. Nunca más confiaré en un corredor rezagado.