jueves, 6 de diciembre de 2012

Te llamaré

Hoy me has llamado y no te he cogido el teléfono. Me digo que lo haré más tarde, cuando esté más despierta. Que me prepararé un poco la conversación porque ahora me acuerdo que se me pasó tu cumpleaños. Y me pregunto cómo puede ser. Hace sólo unos meses esperaba tus llamadas y no podía resistir tu indiferencia. Empecé a emocionarme pensando que nuestras almas locas y diferentes podían tener una historia común sin perder su independencia. Que construiríamos puentes entre nuestras vidas complejas y tan intensas. Que nos completaríamos. Que nos querríamos.

Pero no. Fué un trabajo silencioso, lento y ordenado. Me fuí decepcionando. Como siempre, no hay culpables, si no caminos y sentimientos diferentes. Me cansé de las esperas, me perdí entre los mensajes contradictorios, me confundí con las salidas en las que te comportabas como un veterano marido y las distancias en las que hacías tu vida solitaria. Nuestras conversaciones explicaban historias del uno y del otro, pero ¡qué pocas veces conseguimos escribir un cuento en que apareciéramos los dos! Tus sueños no eran los míos, y viceversa. Y, lo que es peor, no los entendíamos. Esperaba tus llamadas y tus mensajes cada día. Me resistía a convertirme en una mujer desesperada, esperando la dedicación de un hombre. Nunca te exigí, ni te pedí explicaciones. Pero no entendía por qué tu vida se replanificaba con cada nueva mujer que se cruzara en ella, por qué tus relaciones siempre han sido tan intensas cuando sabías que no iban a ir más allá de una semana.

Cuando entendí que no queríamos lo mismo, te pedí que me lo dijeras. Tus gestos y mis cariños tenían sentidos diferentes. Nos lo repetimos en voz alta y nos relajamos los dos.

Y mantuvimos, cada vez menos, esas relaciones corteses que tienen los amigos que quieren ser amigos pero que no saben cómo. Y hoy me llamas. Y no sé qué decirte. Porque no te he echado de menos ni tengo nada que contarte. Pero lo peor, es que no me importa lo que tú tengas que decirme a mi. Ahora suspiro por otros ojos, otros que sé que no buscan los míos. Pero no me importa, soy feliz imaginando, jugando con él al ratón y al gato, compartiendo sonrisas... hasta que llegue la siguiente ilusión.

Y no puedo engañar a nadie. Hay otras llamadas que tengo pendientes, otros que me ofrecen ampliar mi vida social. Y no sé, no sé compartir. Ya no me siento culpable por no fingir amistad o cariño si no me apetece. Pero sonreír no es mentir. Te llamaré, de verdad, pero no sé cuándo.... Mañana tal vez.