jueves, 15 de agosto de 2013

El diablillo

Mataba el rato en una tienda de decoración y menaje de hogar. Sin saber qué necesitaba exactamente, buscaba una de esas piezas de museo que parecen tener alguna utilidad y sin las que uno no puede vivir. Desde un extremo de la tienda escuché su voz distante y entreví su figura. No podía tener más de 3 años. Su cabeza a penas llegaba a mi cadera. Una melena rubia, larga y muy rizada descansaba sobre su espalda. Vestía una falda roja con mucho vuelo y una blusa blanca. Era activa y dicharachera; vamos, una muñeca. Gritaba alegremente: "Papi, Papi, ¡mira!" Todo le encantaba. Por unos momentos pensé que el lugar resultaba para ella un parque de atracciones encantador, lleno de objetos brillantes. Pero inmediatamente volví a mis quehaceres frente al mostrador de las sartenes. Instintivamente bajé la vista y vi los cuchillos; montones de ellos. Metidos en esas bases grandes de madera y otros colgados en cartones de madera sin cerrar. Pero ¿cómo puede ser? ¿cómo pueden tener esas cosas así, al alcance de los niños? La muñequita venía por mi pasillo. Pensé en acercarme al padre y avisarle del peligro.  Me dirigí hacia él mientra me fijaba en ella: era preciosa. Llevaba en la cara pegada una sonrisa inmensa. Por el camino, nos cruzamos y al llegar a mi altura se paró: "¡Mira! ¡Las velas!" Unos preciosos vasitos de cristal a 20 centímetros de altura llamaron su atención y se lanzó a cogerlos con ambas manos. La miré en un momento de pánico, pero inmediatamente me dí cuenta que era menos grave que los cuchillos. Su padre arrancó a correr "¡No! No se toca." Decidí que ya no era el momento de preocuparse y con la situación controlada me giré y me dirigí de nuevo a los estantes llenos de ollas fundidas de hierro.

Aquí me permitiré un paréntesis. Me encantan esas tiendas. Llenas de objetos y ambientadas según la época del año: algunas blanquitas y llenas de marinas y de paisajes náuticos, otras oscuras con carácter colonial y con las paredes cubiertas de mapas, algunas exóticas y plagadas de color en cojines, cortinas y mesas de te. En ellas se podría vivir durante días sin salir. Hay de todo. Junto a la entrada se encuentran paraguas y abanicos. Junto a las cajas, cientos de objetos pequeños e inútiles, pero baratos, eso sí. Se pueden encontrar enormes mesas y sombrillas para grandiosas terrazas o jardines (de las que en mi barrio no hay, ninguna, dicho sea de paso). Hay vasos de plásticos de colores cítricos de diversas formas y copas de crista. Platos de loza blanca, clásicos y otros modernos y de diversas formas. En esos locales descubrí una diversidad de objetos cortantes, punzantes y envases de todos tamaños y colores. Lo mejor son las fotos de las cajas: hombres fantásticos, con sonrisas de oreja a oreja que cocinan para sus familias, también guapísimas. Todo es nuevo

Pagaba mi nuevo cortador de manzanas. Siempre había querido tener uno... ¡o no!. Brillante y nuevo. Imprescindible. Y entonces: ¡¡Aaaahh!! un grito alto y agudo. A la dependienta se le cayó el cortador de las manos, yo dí un respingo y un paso atrás y todas las personas del local se giraron hacia adentro. "¡Yo quiero, yo quiero!" "¡Que no! Vamos fuera." El padre arrastraba a la niña por el pasillo mientras ella gritaba. Él con la cabeza baja intentaba fundirse con el suelo y desaparecer rápidamente del local. Una vez fuera, le soltó la mano y la riñó: fue corto y seco. La miré desde dentro. Se quedó derecha en medio de la acera tocándose el pelo con las manos. Lentamente se giró: primero el cuerpo sobre sus pies, después el cuello. También poco a poco subió la cabeza, juraría que me miraba, retiró con parsimonia la melena de la cara. Primero vi su boca, los labios torcidos y los dientes apretados, a la vista. Luego el ceño fruncido. Por último, los ojos. Duros. Fijos en mi. Cargados de rabia. Acusadores. Y volvió a mi mente la imagen de los cuchillos. Cerré los ojos. Tuve miedo. Los volvía a abrir. Ya no estaba. Respiré.
  

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