lunes, 9 de abril de 2012

Mi gigante bueno

Caminando entre las calles de mi pasado encontré un solar. Allí donde hace años hubo un edificio público hoy  había un espacio vacío tras unas verjas cerradas. Ese sitio había sido protagonista de algunas escenas de mi vida adolescente y al recordarlas vino a mi memoria una cara: un rostro agresivo y furioso.

Fué como una visión. Estoy segura de que muchos realmente le temían y yo entré en su vida, y en la de su família, como en un cuento. Me abrió las puertas de su casa. Me respetó más de lo que yo pude entender entonces. Me ofreció su ternura. Para algunos fué un animal feroz, un  niño grande, peligroso. Un cuerpo musculoso y sin cerebro. Para mi un ser bondadoso. Un monstruo bueno que me esperó, me tentó, me cuidó, me buscó y me intentó reconquistar. Una vez pudo jactarse ante otros de tenerme. Otras lloró mi indiferencia. Creo que me quiso. Recuerdo todo lo que me ofrecio: su cuerpo y su alma. Con la mirada más experimentada que tengo ahora, sé que se portó realmente bien conmigo. Recuerdo que incluso le escribí un poema en tiempos.

Lloro porque no supe valorar ese cariño y hoy no lo tengo. Han pasado más de 20 años. No sé si alguien se ha entregado tanto a mi depués. No lo he echado de menos en este tiempo. Ni lo había recordado siquiera, pero estos días le rindo un pequeño homenaje. No a la persona que es hoy, si no a la persona que fué entonces. Gracias por formar parte de mi vida.

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