Ayer sentí que fracasaba. Y era cierto. Me puse un objetivo y no lo cumplí. Me sentí fatal al darme cuenta. Abandoné fundamentalmente por pereza a viajar sola. Tenía otras razones menores, pero esa fué la real. Darme cuenta de que una debilidad me había dejado sin algo que desaba y que me habría hecho sentir orgullosa me deprimió. Quería demostrarme hasta dónde podía llegar y ni tan siquiera empecé la carrera. Pero me prometí que el sentimiento de decepción sólo podía durar una noche y hoy ha vuelto a ser un día de construir... De hacer planes y dibujar nuevas metas. Falta ponerlas sobre papel.
En los últimos tiempos sólo colecciono fracasos, pero los supero mejor. Mi actitud ante la vida ha sufrido una modificación cosntante: lenta pero segura. Cada vez sobrevivo a situaciones más duras con un coste más bajo. A cambio, sacrifico mi capacidad para sentir, pero sobrevivo mejor y me concentro en transmitir alegría. Intento ponerle las cosas fáciles a los que me rodean. Haciendo el balance y escuchando los consejos de los que me quieren: no pude ayer, pero puedo con muchas otras cosas.
Alguno de los nuevos objetivos es físico. Esto de hacer ejercicio (que no deporte, aún no he llegado a esa categoría) es supersano. Me hace sentir bien emocionalmente y mejor físicamente. Sé que mis ritmos son irrisorios para los deportistas de verdad, pero la bicicleta me hace disfrutar. Lo mejor, la subida. Cuando mi respiración se acelera tanto que la puedo oír. Que la tengo que gestionar para que coincida con los números que cuentan en mi cabeza. Cuando miro el suelo ante la rueda y veo que la pendiente es cada vez mayor, que faltan muchos metros hasta la curva siguiente por encima de mi cabeza. Cuando levanto la cabeza y entre los pinos se ve el Sol poniéndose y que eso no me ciegue la vista. Cuando llegando a la cima el paisaje cambia y en el horizonte se ve el Mar mientras mi corazón se va deshacelerando. Y las bajadas. Cuando la cuesta abajo se alarga y dudo entre apretar el freno o soltarlo. Cuando siento el aire o, mejor, el viento, en la cara. Cuando puedo ponerme de pié sobre la bicicleta y dejarme llevar... Sin pensar, o tal vez pensando alternadamente entre lo que veo y mis otros mundos. Viajando de la realidad a la conciencia. sí, definitivamente, me gusta la bici.
Sólo dos cafés al día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario