La civilización occidental nos programa. Supongo que la cultura judeocristiana en que hemos sido educados (y de la cual no reniego) nos propone un camino del bien trazado cuando nacemos y que debemos intentar seguir. Aunque la vida ya no está tan dirigida, lo cierto es que nos ponemos metas en la vida más o menos conscientes. Yo sólo me he pedido a mi misma elegir yo esos objetivos. Estar segura de que si los tengo es porque yo los puse allí. Que no me vinieron dados. Es decir, que si coinciden con los convenios sociales bien, y si no, también. Mis metas son mías, solo mías. Y yo las cumplo, o las abandono. Nadie me obliga.
Y ahora he cruzado una de las metas de mi vida. Una de ellas. Ni más ni menos valiosa que otras. Mil veces menos importante que tener a mi hija, aunque mucho más planificada. Eso si, se trata de una meta pública. Que otros pueden ver y reconocer.
Me dejo llevar por la satisfacción del reconocimiento con cierto temor contenido. Como todo en mi vida. Bien, muy bien, pero... Alguien que me conoce bastante me ha recordado mi incapacidad para celebrar los éxitos. Le he negado que tenga razón, pero pienso en ello. Voy a tener que esforzarme en hacer algo especial. Sí lo disfruto internamente, pero no lo sé expresar. No importa por qué. Cada uno es como es y a pesar de todo soy feliz.
Quiero hacer una celebración especial con mis padres, pero también quiero hacerme una a mi misma. Estoy empezando a planificar mi autofiesta. También, y no menos importante, mi próxima meta. Tango varias: familiares, deportivas, personales... También profesionales, porque aunque el camino se hace al andar, hay que tener los ojos bien puestos en el horizonte. Y en el fondo, en el fondo, a pesar de que hoy le pueda parecer a alguien todo lo contrario, le agradezco mucho a Dios que no me hiciera ambiciosa.
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