La madurez me proporciona paz.
No se han acabado el estrés, ni las preocupaciones, ni los nervios, ni las incertidumbres. Pero la edad, la capacidad de reflexión y el control de la impulsividad, nos permiten luchar mejor contra esos males. La calma de las pequeñas cosas.
Ahora soy capaz de perder el tiempo sentada en el suelo, debajo de mi hija, para ver un partido de basket de liga femenina. No nos va a llevar a ningún sitio, no nos va a hacer más sabias, no nos va a dar dinero, pero nos relaja. Aunque para ellos gritemos, palmeemos y suspiremos.
También soy capaz de tardar una hora en recorrer 7 kms con la bici. Mucho más tiempo del que tardo corriendo. No importa, nos pararemos tantas veces como haga falta para cruzar semáforos, quitarnos la chaqueta, esperarnos la una a la otra. Al fin, el resultado es que volvemos a creer que somos un equipo.
Puedo dedicar dos horas a preparar un postre lleno de calorías que ensucia todos, absolutamente todos, los cacharros de nuestra cocina. Finalmente podemos disfrutar de nuestro dulce con triple satisfacción: el sabor, la fraternidad y la reafirmación.
Sólo pido a Dios que esto dure mil años...
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