lunes, 11 de junio de 2012

Hoy te he buscado


En realidad no contaba con verte, pero al fin te encontré. Más de una vez, de hecho. Tenía dudas sobre si te miraría de lejos o tendría la suerte de acercarme y cruzar unas palabras contigo; no ha sido posible. También reflexionaba sobre si una vez frente a ti bajaría la vista, como hago siempre. O sería capaz de alzarla y mirarte directamente. No es contigo que tengo más vergüenza, me pasa con todos. Pero confío en mis ojos. Me digo que si los uso bien puedo conquistar a alguien. Tal vez a ti. Así que,  desde la distancia he intentado lanzarte mis dardos. Han sido serios, pero tímidos intentos de mantener el contacto. Y tú, me has mirado.
Nuestro encuentro visual ha sido corto, pero certero. No hay duda sobre el segundo escaso que nuestras miradas se han cruzado. Rápidamente, tus párpados han resultado más cobardes que los míos. Pero tu sonrisa ha acariciado a la mía. “Estoy aquí” me has dicho, haciendo buenas las palabras de mi poeta de cabecera (el mío y el de media España). “Los ojos en que te miras, sábelo bien, los ojos porque suspiras, son ojos, porque te ven”. Tus gestos han sido cómplices. Tus labios y tu mirada me han reflejado. No sé si era tu orgullo porque me sabes rendida a tus pies. O tal vez la ilusión porque al fin tú me encontraste a mí.
Pero debo confesar que nuestros encuentros (porque han sido varios, hasta tres) me han decepcionado. Siempre hemos tenido testigos. Con esas otras compañías no me he atrevido a nada más que a tímidos saludos, esos que se practican con los colegas. Yo sé que eran más que eso, pero no sé por qué. ¿Es porque yo lo quería así? ¿Es porque he deseado tanto estos encuentros que he provocado tus guiños? ¿Es porque he soñado tu timidez? Pero lo peor ha sido lo que ha pasado en mí. O mejor, lo que no ha pasado. Esperaba haber temblado como una adolescente. Quería que mi corazón se acelerase y mi rubor me delatase. Pero me temo que no ha sido así. La química de mi cuerpo no ha reaccionado a tu imagen cariñosa Y lo siento.
Siento terriblemente saber que no estoy enamorada. Como era de esperar. Te he convertido en el centro de mis atenciones, porque quiero creer que el Amor existe. Necesito pensar en alguien que me pueda devolver esa ilusión. Pero una y otra vez me acabo topando con la tozuda realidad: el Amor no existe. No después de los 16. O los 14. O los 19. Es una cuestión absolutamente química. Uno puede encapricharse, desear a alguien, encariñarse. Pero no enamorarse. La biología humana no lo permite. Nuestro cuerpo y nuestro cerebro están programados para otras funciones. Enamorarse después de los 20  no resulta práctico para la supervivencia. Se hacen tonterías, se cometen errores, se desvían los objetivos…


Y, sin embargo, mañana te buscaré otra vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario