Cada día valoro más la vida que llevo.
Me encanta la emoción de estar sobre la cuerda floja. Todo está en transición. Tengo planes para esta semana, para el mes que viene, para el año que viene. Estoy cambiando mi casa, estoy cambiando mi cuerpo... no estoy cambiando a mi Peque.
Cuando me entra el vértigo no es miedo al riesgo ni a las consecuencias de la velocidad. Es la certeza de saber que me estoy perdiendo algo, pero.. ¿qué debo hacer? ¿parar a reflexionar y observar? o ¿correr más rápido para llegar más lejos?
He estado recordando capítulos de mi pasado. La primera conclusión es el olvido. ¡Cuantas cosas he olvidado! ¡Cuantas no sé ahora, y es eso lo mismo que no haberlas sabido nunca! El sábado alguien, incosciente, me hizo ver cómo había hecho sufrir a un amigo 20 años atrás. Una persona que salió de nuestras vidas hace casi el mismo tiempo y que está a más de 2.000 km de distancia. ¿Fuí álguna vez consciente del mal que le hice? ¿Me perdonó al fin? Y ahora ¿cómo puedo estar segura de no volver a hacerlo más?
También me emocioné con el recuerdo de mi propia madurez. Recuerdo mis dudas, pero también mi conciencia del ser y de la relatividad del tiempo y del espacio. Recuerdo el miedo que tenía entonces a que los días, los meses y lo años pasaran y lo estropearan todo... Y así fué, aquello se perdió. Hoy tengo otra vida que tampoco quiero cambiar.
Debo perder el miedo a perder.
De entre todos las lecciones que me ha dado el pasado en estos días, la más dura es la razón. Sí, mi adolescencia, mi juventud, leídas desde aquí, me han dado la razón. Ellas me han confirmado que es cierto que he perdido la capacidad de sentir. Hace años que lo sé. Hace tiempo que he constatado, por ejemplo, lo poco que me afectan los sentimientos, o mi carencia de ellos. Y aún peor, que no puedo sentir las emociones de otros. No siento el cariño que me transmiten mis amigos, no lo creo. ¿es que le importo a la gente? Cuando alguien me dice palabras bonitas dedico mis esfuerzos a rebuscar en sus intereses o sus deudas conmigo.
Creo que no sé querer y no sé que me quieran.
Hasta mañana no habrá más café.
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